Colosenses 1:15-23

 Colosenses 1:15-23

El canto de adoración que se presenta en Colosenses 1:15-20 revela a nosotros la extraordinaria naturaleza de Cristo: Dios, eterno, creador, sostenedor de lo creado, cabeza de la iglesia, supremo, el primero en todo. Pablo atraviesa la naturaleza, el tiempo, la creación, y concluye con la salvación: “a Dios, en toda su plenitud, le agradó vivir en Cristo y por medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas. Hizo la paz con todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de Cristo en la cruz.” (v.19). El cierre es colosal, Cristo es Dios, y como Dios, se entregó a sí mismo en la cruz para salvar a su creación.


Luego de pronunciar estas potentes palabras, Pablo apela a los lectores de esta carta (creyentes en Colosas) a meditar en cómo el autor de la salvación los ha hecho parte de este precioso plan: “Eso los incluye a ustedes, que antes estaban lejos de Dios. Eran sus enemigos, separados de él por sus malos pensamientos y acciones; pero ahora él los reconcilió consigo mediante la muerte de Cristo en su cuerpo físico. Como resultado, los ha trasladado a su propia presencia, y ahora ustedes son santos, libres de culpa y pueden presentarse delante de él sin ninguna falta.” (v.21-22). Sus vidas han sido transformadas, trasladadas a la misma presencia del Dios vivo y selladas por un pacto poderoso. Sin embargo esta seguridad está siendo puesta en duda.


Pablo es enfático en señalar que ellos también eran parte del pueblo redimido por Dios. Esto se debe a que la confianza de los creyentes en su salvación estaba sufriendo constantes embestidas. En base a los registros históricos, distintos autores coinciden en que la iglesia en Colosas estaba siendo amenazada por judíos devotos que aún no reconocían a Cristo como el Mesías y mucho menos la posibilidad de que los gentiles fuesen parte del pueblo de Dios. Frente a las dudas que la iglesia experimentaba, el apóstol recalca quién es Dios y qué es lo que ha hecho por ellos. Ya no son enemigos, sino que participan de su presencia, ya no son culpables, sino libres de falta. Pablo los exhorta a permanecer arraigados en la verdad de su redención, como lo dirá también más adelante (2:6-7), a no dudar de lo que Cristo hizo ni de lo eficaz de su obra. 


Si bien la incertidumbre de los colosenses tiene mucho que ver con las amenazas de su contexto, las palabras del apóstol para ellos siguen haciendo eco de una u otra manera en nuestras vidas hoy. El aliento de Pablo frente a la duda de la iglesia aquí es el mismo para nosotros: “…deben seguir creyendo esa verdad y mantenerse firmes en ella. No se alejen de la seguridad que recibieron cuando oyeron la Buena Noticia” (v.23). 


Las palabras de Pablo resuenan en nuestros corazones: deben seguir creyendo y mantenerse firmes. Las convicciones de los colosenses estaban siendo sacudidas. ¿No lo son también las nuestras? La inseguridad asedia nuestros pensamientos de forma permanente. Pasamos por momentos donde creer es muy fácil y poderoso porque hemos visto de forma clara la mano de Dios en nuestras vidas. Pero también pasamos por desiertos que nos dicen todo lo contrario. Donde las promesas de nuestro Padre son más difíciles de oír, donde su redención no parece tan real, donde su presencia parece demasiado lejos y solo quisiéramos dejarnos llevar. Pues bien, para esta nebulosa Pablo dice: “sigue creyendo y mantente firme”. 


Cuán importante es para nuestra mente recordar la salvación que ha sido obrada en nuestro favor, y aún más importante, recordar el esplendoroso carácter de Aquel que hizo todas estas cosas por nosotros. El que existía antes de todo lo creado, el que sostiene toda la creación, el que es supremo sobre todo lo que existe se entregó por nosotros una vez y para siempre, y desde entonces nos sostiene con la palabra de su poder. Cuán importante es para nuestra mente recordar todas estas cosas y seguirlas creyendo. 


Creer y mantenerse son acciones voluntarias que dependen de nuestra razón, pero hay días en que la poca certeza parece ahuyentar nuestra voluntad. La palabra de Dios parece no echar raíz en nuestro corazón. Entonces el llamado para nosotros es a decidir seguir creyendo aunque el corazón no arda, a luchar en oración por mantenernos firmes en la batalla, a recordar de quién es nuestra victoria. No nos alejemos de la seguridad de la salvación porque en ella se nos revela el increíble carácter de nuestro Redentor y su poderosa obra en nuestras vidas.


Sigamos creyendo en la verdad de nuestra salvación y mantengámonos firmes en ella. No nos alejemos de la seguridad que nuestro Dios nos ha dado a través del evangelio de su cruz. Él ya nos reconcilió consigo, nos liberó de toda culpa, y nos llevará a su inefable presencia para siempre. Que nada nos haga dudar de esta certeza.

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