Un cuerpo
Tejimos un caudal fluido
entrelazando nuestras manos sin tocar,
sin ver.
Éramos el agua del anhelo profundo,
la fuerza del abrazo
que nadie más podía dar.
Fuimos una en el pesar
y acudimos en una lágrima
al lecho afligido,
al corazón doliente,
al quebranto de la desesperanza.
Fuimos en la urgencia del amor
a llorar por lo que no entendemos,
a sufrir por lo que no podemos socorrer.
A extender nuestras manos abiertas
ofreciendo su debilidad.
Entonces nos arrodillamos
y derramamos el perfume
de nuestra angustia,
justo allí, delante del trono.
Fluyeron los torrentes
tan amargos como sinceros.
Tan sufrientes como deseosos
de ver,
de sentir,
el milagro de la gracia.
Comentarios
Publicar un comentario