Salmo 20
Estaba exhausta, abatida. La última herida aún no dejaba de sangrar. Caminaba perdida desde hacía tiempo sin seguridad de a dónde iba. La arena se hacía más pesada y absurda, y la sombra de las dunas daba vueltas en mi horizonte sin poder distinguir claramente la certeza de la fantasía. Mis piernas tambalearon hasta que ya no pude andar. Caí de rodillas en la penumbra nocturna extraviada ¿Cuánto tiempo falta? ¿Cuánto más es necesario? El camino es inhóspito, seco, pesado. Mi escudo había caído lejos, y mis manos paseaban su cubierta en la suavidad de la arena, como si nadaran en el frío de su tacto. Eso era todo, no tenía más fuerzas ni tampoco el ánimo para intentarlo ¿Realmente era necesario seguir? ¿Y si mejor olvidarlo?
Pero la noche no tuvo respuestas, solo oía el pequeño eco de mis propios sollozos en la inmensidad de las sombras. La soledad lo envolvía todo y devoraba cada esquina de mis pensamientos.
No sé cuánto tiempo estuve así, divagando. El día no llegaba nunca y las tinieblas solo se hacían más espesas. De pronto, sentí un gran tronido en la tierra. Era como un rugido que avanzaba bajo la arena y la hacía saltar. Cientos, miles de pequeños temblores se acercaban velozmente hacia donde estaba. Al temblor se le unieron las que pude percibir como voces de muchos que cantaban firmemente: “Mas nosotros del nombre de Jehová tendremos memoria; mas nosotros nos levantamos y estamos en pie”. Entonces los vi asomar sus rostros por la ladera.
Eran millones, hombres y mujeres, jóvenes y viejos avanzando al mismo paso, como una sola vida, un solo cuerpo. Su armadura estaba desgastada, como la mía, y todos portaban alguna herida consigo. Pese a ello, su canto no cesaba.
Al oírlos, sentí que un fuego embargaba mi alma. Las lágrimas caían de mis ojos con su propia voluntad. Era extraordinario. Cuando pude distinguir a los primeros en la fila, el sol comenzaba a rallar en el horizonte tiñendo de dorados los escudos y defensas de la inmensa muchedumbre. En medio del espectáculo, dos siluetas que marchaban se apartaron de la fila. Se aproximaban a mi lado. Me sujetaron con fuerza, cada una de un brazo hasta que me hube parado. Sacudieron el escudo, lo pusieron nuevamente en mis manos y me dieron algo para beber. Cuando me vieron incorporada, dulcemente me dijeron: “Nos has hecho mucha falta”.
Me sacudí la arena y afirmé mis rodillas, me aferré al escudo y caminé tras ellas. El canto de los muchos era ensordecedor, a momentos parecía estar en una lengua ajena a este mundo. Canté también, con timidez, pero después de la primera, no me pude detener. Era un canto que parecía salir de lo más profundo de mí, como si lo hubiese sabido siempre. Cada palabra curaba cada herida, hasta que de pronto dejé de sangrar.
Marchábamos todos juntos hacia el amanecer que nacía radiante delante de nosotros. Se sentía tan cerca que podíamos tocarlo. Cada rayo parecía dar un nuevo aliento a nuestros pasos, cantábamos más fuerte y más alto. De pronto se oyeron trompetas, y algunos alzaron una brillante bandera roja, parecía que estábamos cerca. Parecía que ya se acercaba la victoria.
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